Escrito libre

Había una vez un bebé que no lloraba. Apenas chirriaba los dientes si sentía hambre o si era una hora para determinada actividad. Se pasaba el día mirando todo lo que la rodeaba, en especial el móvil de su cuna y el ventilador. A su madre le parecía que tenía cierta fascinación por el movimiento, sin darse cuenta de que era por todo en general; de que se sentía una extraña en su propio cuerpo, incluso más que los otros bebés recién nacidos. Preocupada, le pidió ayuda a su madre para saber si se trataba de una anomalía especial a la que debiera prestar más atención. La abuela, pensando que eran exageraciones de primerizas, no le dio ninguna importancia y le dijo que no se preocupara tanto, que la niña «era normal». Con esta niña normal, la madre tuvo que crecer y adaptarse, más que criarla. Esta niña aprendió a hablar antes que a caminar, a leer antes que a correr, a dibujar antes que a escribir y a escribir antes que a entender ningún deporte infantil, lo cual, dicho está de más, a lo mejor nunca hizo con totalidad. Estas fueron las cosas que hicieron que la familia se fuera dando cuenta de que algo raro pasaba. El hecho de que la niña diese charlas sobre temas tan controvertidos como el matrimonio homosexual hace veinte y poco años en el sur del continente americano no hacía más que avergonzarlos, aunque la niña encontraba consuelo en familiares lejanos que veían esto como un verdadero encanto y, como premio, siempre le cantaban su canción favorita, «la cucaracha», porque, que quede claro, era tan sólo una niña.

Pero siguió creciendo, y mientras más crecía más «insolente» se ponía. No paraba de corregir a su madre, que se frustraba a la mínima al no tener el apoyo paterno… Porque el padre, ese sí que era un raro, pero un raro de cojones. 

La niña iba a los bancos a acompañar a su abuela y, en vez de esperar con ella tranquila, parecía inquieta y movía las piernas y aleteaba las manos de una manera tan extraña para la matriarca, que no tenía más remedio que exigirle que se sentara encima de ellas y se quedara quieta cada cinco minutos. Con el tiempo, la directora del banco le cogió cariño, por lo parlanchina y especial que le parecía, y empezó a querer hablar con ella antes de que la abuela tuviera la consulta.

Estas personas externas a su círculo que la encontraban fascinante no eran suficientes para esta niña, que veía y sentía a ratos día a día cómo los demás en su escuelita eran tan diferentes a ella. Nadie quería discutir temas sociales “importantes” para ella, ni enseñarle a escribir más rápido y mejor, y eso la frustraba tanto como a su madre soportarla cuando salían. Además, los niños chillaban, gritaban, corrían de un lado a otro sin explicación alguna y esto la desconcertaba. Se dio cuenta de que, a diferencia de los demás niños, ella no tenía «amigos», sino adultos que la encontraban adorable con sus gafotas que pesaban 500 gramos, o eso le parecía a ella, por las jaquecas que le generaban; sus ojitos bizcos raros, sobre todo el derecho, con una raja en el medio y su cuerpecito y pelo completamente lacio y casi siempre bien peinado. Fue entonces cuando la niña empezó a llorar incontrolablemente todos los días al volver del colegio.

Esa niña era yo y las lágrimas caen ahora sin sollozos.

2 comentarios en “Escrito libre

  1. Esa niña que todo lo miraba … ¿sigue estando por ahí?
    Nooo … por nada … para que la sigas cuidando y respetando.
    —————————–
    Hola. ¿Qué tal estás?
    Saludos

    Le gusta a 1 persona

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