El pequeño aprendiz autista y la dictadura de lo implícito

Es increíble cómo es un prejuicio extendido, y hasta una creencia, que los autistas no entendemos lo implícito. Esto hasta cierto punto es verdad (mucho más en nuestra niñez, en un mundo que nos resulta hostil y ajeno, para el que también resultamos ajenos), pero empeora considerablemente si los demás atribuyen a todo lo que hacemos intenciones inexistentes. Y si no son angelicales, serán viles. Como todo lo complejo es dicotomizado…

¿Cuántas veces somos castigados socialmente por “corregir” a un profesor, que puede ser incluso una eminencia? ¿Cuántas veces a diario esto pasa con niños (e individuos en general, aunque mi intención es plasmar cómo dificulta el desarrollo de los niños) a los que les están quitando la voz ridiculizándolos en frente de su clase, vulnerándolos y haciéndolos blancos de violencia por asumir que se trata de niños “pedantes” y “soberbios” que hay que corregir cuanto antes?

Yo creía haber desarrollado el mecanismo de compensación que me permitiría sobrevivir todo esto. Me di cuenta de que se me decía una cosa explícitamente “Exprésate, di tu opinión, participa. Todo eso enriquece” y de que implícitamente me daba con las narices con el muro de la represión. Nada tenía sentido. En ninguno de los ambientes en los que sobrevivía. Y para mí era vital encontrarle algún sentido a algo.

Esperaría a llegar a la universidad, donde podría tener discusiones saludables sobre la naturaleza de las cosas. Ese fue el mecanismo de compensación para superar las disonancias cognitivas que en mi niñez provocaban en mí que se me atribuyeran rasgos que no percibía como míos. No entendía por qué era una niña arrogante y conflictiva cuando lo único que intentaba hacer era mantener a la mayoría de personas contentas. Si hubiera sido por mí no habría opinado sobre nada en absoluto.

Y con esa estúpida creencia incrustada, como un católico cree en el cielo, con tal certeza, llegué a la universidad. Ya no había más trucos ni más mecanismos de compensación. Estas eran las personas que iban a evaluar si era apta para analizar, traducir, sintetizar, abstraer, enseñar… Para vivir con las únicas capacidades que habían resaltado en mí y me habían hecho pulir ignorando así yo todas mis demás facetas como individuo.

Poco importaba (poco seguía importando) mi aptitud. Lo implícito, otro mecanismo de represión más, lo comprendería años después de no ser capaz de soportar ese entorno. Mientras, cada vez era más difícil seguir asistiendo a clase sabiendo que tal escenario podría producirse de nuevo en mi paraíso redescubierto como una continuación de la tortura de mi infancia.

El problema, ya que hubo personas que lo simplificaron de la siguiente manera para hacerme creer que podría continuar en este sistema, no era el medio. Que fuese en línea empobrecía aún más la calidad de la comunicación. Que solo participara en foros para plantear preguntas o resolver las dudas de mis compañeros como podía solo aumentaba el halo de soberbia con el que todos quienes me conocieron en mis años académicos probablemente me veían (y probablemente todavía me ven).

La arrogancia del profesor ofendido en su ego resquebrajado porque una niña de siete años comprende mejor tan solo una minúscula parte de su currículum es causante de ridículo y más burlas que esa niña ya de por sí, por su “diferencia”, recibe. El asumir una actitud maliciosa en una niña que no era capaz ni de mentir para salvarse de castigos va más allá de lo cruel y viola cualquier principio ético pedagógico. Y esa niña crece con eso grabado (con sangre a veces).

Pero el progrepedagogo es al que mejor se le da este tipo de humillación. El progrepedagogo sabe que tiene que ganarse a la clase, por lo tanto, utiliza el conocimiento que tiene el “sabelotodo”, ese conocimiento que es vital para que ese niño perciba algo de orden en su mundo, y lo relativiza para menospreciarlo ante todos los demás niños y crear una ilusión de igualdad con ellos (el problema yace en la motivación, no en la relativización, porque el niño tarde o temprano tendrá que pasar por el conflicto de la abstracción y pasará por un proceso secuencial para entender lo que le rodea. No hace falta fracturar su mundo para ello).

La cualidad más interesante del progrepedagogo es que en solitario trata al “sabelotodo” con hasta cariño después de haberlo expuesto e intentará redimirse en privado ante y con él cuando su ofensa fue pública y solo puede empezar a sanar si se admite públicamente. Evidentemente estamos hablando de abuso, pero, ¿a quién le importa?

¿En quién puede confiar un niño? ¿La educación es su aliada o un universo espejo de los horrores que le esperan en el mundo laboral? ¿Quién es responsable de la dictadura de lo implícito y de arrancarle voces a niños desde que funciona la educación como institución al servicio del sistema socioeconómico? ¿Todos, nadie?

[descripción de la imagen: Un fotograma de la película “Harry Potter y la piedra filosofal” en el que Hermione Granger, uno de los personajes principales, una niña blanca con cabello inflado y enredado castaño y con flequillo vestida con el uniforme del colegio, explica a Ron Weasley, otro personaje que no sale en el fotograma, cómo hacer un encantamiento. En este caso, el fotograma es un meme y se lee en inglés: “No es Aspergeeeeeeeeer, es autiiiiiiiiiiiiiiismo.”]